Eutanasia en el adulto mayor
En el contexto de la eutanasia en el adulto mayor, en primer lugar, y como señalan los últimos informes sobre envejecimiento en los últimos años, la esperanza de vida, especialmente en el caso de las mujeres, se sitúa en una cifra cercana a los 83 años. A esta circunstancia, habría que añadir que debido a los importantes cambios sociales que se han producido en la familia (incorporación masiva de la mujer al mundo del trabajo, traslado de los hijos a otros territorios para asegurar una actividad laboral, etc.), un elevado porcentaje de estas personas, viven solas en la actualidad.
¿Qué sucede con los adultos mayores?
Las posibilidades de padecer a estas edades una enfermedad crónica de tipo degenerativo (demencia, parkinson, artrosis, etc.) de tipo irreversible, pueden llegar a situarse en cifras cercanas al 20-30%. Este tipo de enfermedades dan lugar a una situación de dependencia que necesita de la ayuda de otras personas para poder desenvolverse en las actividades de la vida diaria (higiene, alimentación, deambulación, etc.)
Desde este escenario, es necesaria una actuación eficaz de las diferentes administraciones públicas para hacer frente a esta problemática, a través de una eficaz coordinación de servicios socio sanitarios dirigidos a las personas de edad avanzada en situación de dependencia. Desgraciadamente, la coordinación socio-sanitaria en nuestro país dirigida a las personas mayores es uno de los temas olvidados de las políticas sociales dirigidas a este colectivo.
¿Es digno morir por eutanasia?
El concepto digno o dignidad se encuentra muy mediatizado en la actualidad por una ideología moral que presupone lo que es decente o no humillante para un adulto mayor. Desde estos supuestos, la dignidad se establece desde parámetros ajenos al propio anciano: externos a las propias vivencias y necesidades del anciano; pensando en como se debería comportar la sociedad con los ancianos, y no, como realidad se comporta, y finalmente, pensando en que algo digno para las personas mayores es lo que presuponen algunos que no es humillante para las personas de edad avanzada. Así, nos olvidamos frecuentemente de que una persona mayor pierde dignidad cuando, después de vivir muchísimos años en su domicilio, un buen día, tiene que abandonar el mismo y trasladarse a una residencia de ancianos alejada del lugar donde ha transcurrido una importante parte de su vida, debido a que necesita los cuidados continuados de alguna persona.
Un adulto mayor pierde dignidad cuando necesita la ayuda de otras personas para desenvolverse en las actividades de la vida diaria: cuando se ve desnudado para mantener su higiene personal, cuando pierde la intimidad personal que le ofrece su propia habitación, cuando depende de las motivaciones y circunstancias de la persona que le presta cuidados, cuando no puede trasladarse por sus propios medios para realizar alguna actividad. En estas y otras muchas circunstancias, el adulto mayor pierde su dignidad.
Frente a estas circunstancias, se proclama que el mayor tiene que aceptar su situación con resignación, y que la administración tiene que ir generando servicios (residencias, unidades de cuidados paliativos, etc.) que permitan ‘mejorar la calidad de vida’ de las personas. Pero, ¿Existe realmente la posibilidad de reinstaurar la dignidad?
Cómo podemos imaginarnos, es muy poco probable que un adulto mayor, manteniendo una salud medianamente aceptable, se plantee acortar su vida. Pero por otra parte, existen las personas mayores, que ante la situación de tener que depender para siempre del cuidado de otras personas y renunciar a su proyecto de vida, proclaman de una forma más o menos velada, la intención de renunciar a seguir viviendo sin dignidad.
Controversias:
En primer lugar, desde el ámbito de la medicina, se propugnan argumentos en contra de la aprobación de una ley sobre la eutanasia en los adultos mayores, fundamentada especialmente en que la misma no sería necesaria, aportando como solución, la creación de unidades de cuidados paliativos conformados por equipos multiprofesionales, que ofrecieran al moribundo y a su familia la posibilidad de: eliminarle el dolor, disminuir su ansiedad y el malestar psicológico, rodearle de cariño y hacerle sentirse digno y valioso. Ante este argumento, no exento como señalábamos más arriba de una enorme influencia moral, cabría realizarse una serie de preguntas: ¿Dónde y en qué cantidad existen estos maravillosos equipos?; ¿Cuántos profesionales existen en el sector socio-sanitario que sean capaces de ofrecer ciertamente ayuda psicosocial a estos enfermos y especialmente a sus familias?; ¿Se encuentra el sistema socio-sanitario español, preparado para atender adecuadamente a este tipo de pacientes?
En segundo lugar, y desde el ámbito del Derecho, está presente el hecho de que en más del 90% de los países del mundo la eutanasia no es legal y en algunos ni siquiera se encuentra mención de este término en las leyes.
El derecho a la vida es un derecho universal, es decir le corresponde a todo ser humano; No existe libertad individual posible para poder decidir sobre la propia vida.
Existen leyes que establecen que ningún ser humano puede ser sometido en ningún caso a tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes; la medicina actual es capaz de prolongar la vida humana en condiciones muy poco humanas y en ocasiones degradantes.
Finalmente, desde el ámbito de la ética y la moralidad, aparecen los defensores de la vida humana a cualquier precio, argumentando que nadie tiene derecho al control de su propia vida, puesto que la vida viene de Dios (perspectiva religiosa).
Para reflexionar
Recientemente, un adulto mayor de 84 años ha dado muerte a su esposa afectada gravemente por una demencia en estado avanzado, al enterarse de que él mismo estaba afectado a su vez por un cáncer terminal. Es posible que este anciano, ante la perspectiva de una falta de cuidados adecuados para su esposa en el caso de su propio fallecimiento, y la consiguiente pérdida de dignidad para su esposa, no utilizara los medios adecuados para hacer frente de manera correcta a la situación. Pero, ¿qué hacemos entre todos?: ¿lo consideramos un homicida por haber matado a su esposa y lo condenamos socialmente?; ¿lo consideramos como un enfermo mental que en un arrebato ayuda a quitar la vida a su esposa, y lo condenamos igualmente?
Los seres humanos somos libres de decidir nuestra dignidad humana y, al mismo tiempo, debemos proteger la vida de nuestros semejantes, pero quizá deberíamos permitirnos analizar con un poco más de detenimiento qué piensa la sociedad sobre el importante problema de la eutanasia.